Os esperamos…

“…La serranía conquense, encrespada, agria, salvaje, solitaria y ceñuda, parece la superficie de un mar arbolado, cuyas olas enormes vienen a romperse y a descender en tumultuosa cascada…”

“…Allí suspende el ánimo el espectáculo de aquel tumultuoso hervir de la superficie flagelada, que parece el molde o el negativo en el que se hubiera de fundir el plano en relieve de un paisaje normal; porque las llanuras están refugiadas en las cimas agrestes de los montes, en tanto que los ríos parecen haberse abierto paso en forma de cuña, aserrando las peñas duras con los dientes, siempre afilados, de sus aguas.”

“…Allí todo es rebelde, todo está trastocado, revuelto e invertido; es preciso buscar los valles sobre los montes; los bosques parecen huir de las corrientes murmuradoras de las aguas inquietas y remontarse a las alturas; los colosos de aquella población orográfica cubren sus cabezas de pinos seculares y desnudan sus laderas de la más ligera epidermis de vegetación, hasta dejarlas despellejadas y en peña viva.”

“…Entre tanto, aquellos ríos…, a veces, en su ímpetu irresistible, abren la entraña de los  montes, tajándolos hasta el corazón; estas laderas empinadas pierden pie, se escurren sobre su lecho deslizante y se hunden en el abismo, derramando una lluvia de peñascos en torno suyo, como impulsados por algún formidable barreno; unas ingentes paredes se agrietan; otras bóvedas subterráneas se hunden; aquí surgen imponentes monolitos de las entrañas de la tierra; allá se abren abismos sin fondo; en este lado se producen grietas en la superficie; en el otro se rellenan oquedades, y, como resultante de tan febril actividad, se pudiera decir que el paisaje caprichoso, inquieto y voluble, está en movimiento continuo y en permamente transformación”.

Luis Martínez Kleiser. ‘Cuenca: Paisaje y monumentos’. 1944


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